Le gustaba tomar mi mano…

Últimamente lo había notado. Cada vez que nos acercábamos a una esquina, su mano buscaba casualmente la mía. No había calle que no cruzáramos tomados de la mano y mientras caminábamos por las franjas blancas, bajo las luces de los semáforos encendidos en un rojo intenso, nuestros dedos se entrelazaban, encontrando la forma perfecta de unir nuestras palmas y llevarlas al ritmo de nuestros pasos, mas no de nuestros corazones.

Sus latidos eran rápidos. Muy rápidos. Tanto como sus pensamientos, sus sentimientos y sus emociones. Era cambiante, su personalidad en general. A momentos caminábamos distanciados mientras me contaba de sus amores pasados pero al llegar la esquina, sin falta, me tomaba de la mano.

Me gustaba. O yo le gustaba. Me confundía. Yo no la confundía. Alguna parte de mi tenía claro que para ella esto era insignificante. Mas deseaba no ignorar esa parte de mi pensamiento que me alentaba a conquistarla basándome en el presentimiento de que ella quería que yo lo amara. ¿Eso quería?

Ella nunca entendió el efecto que tenían esas esquinas.

El llegar al final de un camino. Saber que al cruzar no sería lo mismo. Tenía miedo. Deseaba dar el paso. Cambiar. Pero necesitaba compañía, seguridad, protección, una mano…

Yo estuve ahí. Siempre estuvo mi mano dispuesta a entrelazarse con la suya. No la dejaría sola, ella lo sabía. No importaba si en el camino solo hablaba de la belleza de estaciones que acababan, el sentimiento causado por cada fugaz momento en el que cruzábamos aquellas calles juntos, de la mano, duraría por siempre. Valía la pena. Tomar su mano mientras cruzábamos la calle, tal vez era algo que ambos necesitábamos.

Cada nueva calle me producía más incertidumbre. Soltarla. Pero continuar a su lado. No importaba si nuestras palmas ya no estaban unidas, el roce de sus nudillos con mi mano cuando se acercaba a mi me recordaba que seguía caminando conmigo. No tan cerca como hubiese esperado. No tan cerca como se supone que estás después de cruzar la calle tomados de la mano. Pero suficientemente cerca para entender que fue mágico.

Aquel fugaz momento en el que rojo del semáforo detenía a los espectadores dentro de sus carros, algunos observando, suspirando, otros distraídos, esperando, todos dejando unos segundos pasar mientras nosotros pasábamos a través de los segundos. Olvidábamos el tiempo y disfrutábamos el momento. Porque a ella le gustaba tomar mi mano en cada esquina. Y mi mano siempre estuvo ahí para que ella cruzara conmigo.

 

Fer S.

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