Él #3

22

Al día siguiente, entré en la caballeriza con mi familia. Estábamos admirando los establos cuando de reojo lo vi entrar, cargando una de las sillas de montar. Nerviosa, miré hacia mi bolsa como si estuviera buscando algo arduamente. Sentí su mirada ocasional pero no creí que me dirigiría la palabra hasta que de pronto escuche “eres muy mala fingiendo” y al momento sentí como me sonrojaba sin poder evitarlo.

Mi abuela, que pasaba por ahí, captó mis mejillas rojas ante la presencia de aquel joven y no perdió la oportunidad para ir hacia nosotros e intentar acercarnos en un abrazo diciendo “veo que se vuelven a encontrar, esto ya es destino no casualidad”

Y yo con los ojos desorbitados de lo grandes que los abrí, la mire incrédula por su osadía. “Ay cariño si se te nota el amor” y nos acercó un poco más, de forma que yo ya no podía escapar la mirada de aquellos ojos cafés oscuro.Sin embargo, conseguimos zafarnos de la abuela cuando mis papas la llamaron y nos volvimos a quedar solos tratando de esquivar nuestras miradas que continuamente se cruzaban, no así nuestras palabras.

Vi que mi familia comenzaba a salir del establo y mi hermano me llamaba para que también saliera. Comencé a caminar hacia el gran portal de la salida pero noté que él se encontraba ahí guardando los cepillos de los caballos.

Caminé despacio con la pesadez que carga alguien que no quiere irse. Y mientras cruzaba el portal, sentí su mano en mi muñeca deteniéndome de avanzar pero sin ejercer ninguna fuerza, deslizándose, con la lentitud de mis pasos, hasta tocar mis dedos.

Entonces volteé. Lo miré con detenimiento y nostalgia, como si en sus ojos leyera una historia compartida más grande que mi vida. Nuestros dedos apenas se tocaban pero no habíamos perdido el contacto.

No sabíamos qué hacer. Solo nos mirábamos, mas entendíamos que no queríamos decir “adiós” cuando ni siquiera nos habíamos saludado propiamente antes.

De pronto, regresó mi abuela que ya se había adelantado, nos miró y sin dudar, nos dijo “ya ya, todo se arregla con un beso” de nuevo me sorprendió su comentario pero esta vez no pude negarme a mi misma que la idea no me parecía tan mala.

Me acerqué a él y esta vez tomé fuertemente su mano. Mirándolo de frente, me sentí segura a pesar de la incertidumbre del futuro. Y cuando me sonrió no hubo más que decir ni que hacer mas que sonreírle de regreso.

Salimos del establo, tomados de la mano y sonriendo ampliamente. Dejándome guiar por él, me llevó a la playa, después de haberle pedido permiso a mis padres. Nos acercamos a uno de los puestos que había en la orilla y compró un hermoso collar, después se detuvo frente a mi mirando mis ojos como si fueran una mejor vista que la del cielo rojizo del atardecer en aquella playa.

 

Fer S.

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