La censura no es sensual

Que no se pierda la bonita tradición de (intentar) escribir y vivir sin censura.

En los últimos días mi cabeza ha estado nublada con emociones y pensamientos difíciles de describir, cosas que no me permiten disfrutar del día al 100% y me mantienen en un estado de ansiedad sin fundamentos aparentes.

Un  amigo me recomendó que buscara algo que me relajara “quizá escribir te ayude” sugirió y le respondí que ya lo hacia pero que no me estaba causando gran desahogo, entonces recordó que en efecto conocía mi blog y cambió su sugerencia a “escribe sin sobre-analizar tanto”.

¡Ja-ja, pero sobre-analizar, overthinking, es lo que mejor hago!

Por alguna razón entre más haces algo, te vuelves más auto-crítico o más “perfeccionista” respecto a eso… Si antes escribía para desahogarme, ahora no estoy muy segura de para qué lo hago, si cada post lo pienso 20 veces antes de publicarlo y cada párrafo lo leo al menos 3 veces antes de ponerle un punto final. Tan pendiente de que el sarcasmo en mis palabras se entienda con facilidad o que mis argumentos sean lo suficientemente convincentes.

Bullshit.-

Regresando a donde inició todo, ahora escribo este post sin re-leer lo que voy soltando en el teclado. Tan solo dejando fluir mis pensamientos a través de mis dedos y dejando aquí un poco de la frustración de no saber dónde dejé mi motivación existencial (por ahora).

Pareciera que la censura es “cosa del pasado”, sin embargo ¿qué tanto hemos evolucionado? Dejemos de lado las religiones que aún dictan tradiciones que limitan la expresión personal, las escuelas que dan una educación parcial a los niños o las instituciones que castigan a quien vaya en contra de lo establecido, pues no es una persona, una entidad o un gobierno quien censura nuestras vidas en pleno siglo XXI, es nuestra sociedad, la tan modernista y liberada sociedad en la que vivimos que es taaan moderna que ni siquiera tienen que marcar leyes de censura tal cual pues la mayor parte de ellas ya las tenemos tatuadas en espíritu.

Recientemente veía American Beauty, un drama que refleja como ningún otro las mil y un frustraciones que puede vivir el ser humano. Todo el tiempo tratando de encajar en una sociedad que nos envuelve como una bolsa de plástico en la cara, la tenemos en frente, vemos todos sus defectos pero apreciamos su protección hasta que de pronto es demasiado y nos ahogamos en sus estúpidas pretensiones.

El filme termina con una muerte, un acto de amor (o lujuria) no consumado y la apreciación de lo bello que puede ser morir. Obviamente son casos extremos, o eso creo, pero me queda claro que todos juntos exponen una contradicción importante: vivimos con un miedo a ser ordinarios tan grande como nuestro miedo a ser diferentes.

No queremos ser uno más del montón pero tampoco queremos vivir fuera de ese montón, y esa lucha constante de mantenerte dentro del límite de lo “socialmente aceptable” no es rentable para todos.

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Y así vivimos, suprimiendo o modificando las partes de nuestra personalidad que no se ajustan a los planteamientos sociales que, por alguna desafortunada convención, determinan nuestra existencia…

Pero mejor hablemos de lo que es sensual:

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Todos esas sensaciones que a diario vivimos y a diario reprimimos. No sé si es la escuela, el trabajo, los días que se pasan tan rápido pero, por así decirlo, poco a poco vamos perdiendo de vista la sensualidad en nuestras vidas.

¿Qué te emociona? ¿Qué te causa placer? ¿Qué te apasiona?

Dejamos olvidadas muchas de nuestras pasiones personales para darle un lugar más grande a nuestras responsabilidades, a los pasos que nos llevarán a encajar en una sociedad que pareciera no cansarse de producir en masa y dejar de lado la individualidad, la sensibilidad de cada humano.

 

La verdad, escribí el título sin pensar mucho en la razón pero “La censura no es sensual” me pareció una buena tesis para empezar a divagar hoy pero finalmente, dejaré como moraleja de este post que confiar en los sentidos es la base de todo, darnos tiempo de ver, escuchar, oler, probar, tocar… lo más básico y en realidad lo más importante. No dejemos de sentir y de expresar lo que sentimos sin necesidad de acomodarlo en una bonita oración que sea “políticamente correcta”, por favor.

 

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