Yo maté a Hannah Baker.

Aún siento un hoyo en el estómago.

Si estás acostumbrado a ver series como entretenimiento que te distraigan y no te hagan reflexionar sobre la vida, probablemente te equivocaste al ver 13 reasons why. Y probablemente será de las mejores equivocaciones que hayas cometido esto año…

A menos de un mes de que se estrenara esta polémica serie en Netflix, pareciera que ya todo se ha dicho sobre ella. La han criticado y alabado al mismo tiempo, pero precisamente esa controversia le ha ayudado a cumplir su objetivo: incitar conversaciones sobre el suicidio, el bullying, la violencia sexual y otras problemáticas que afectan principalmente a los adolescentes.

Es probable que encuentres algunos spoilers en este post pero a estas alturas me sorprendería que no hayas visto la serie o, en su defecto, escuchado TODO sobre ella pues ese fue uno de mis mayores retos en estas últimas semanas. #spoilerseverywhere

Comencemos por spoilear el final: Sí, Hannah se suicida. A pesar de que el tema principal parezca ser precisamente “el suicidio de Hannah Baker” en realidad eso tan solo fue la consecuencia de una “serie de eventos desafortunados” (por llamarlos así) en la vida de una adolescente who felt too deeply.

Si en algún momento tú también pensaste que Hannah era demasiado dramática, no te culpo, Clay y los demás personajes también lo hicieron, aunque eso no pareció reconfortarlos al respecto de su suicidio.

Personalmente, en más de una ocasión me desesperó más Clay por las cosas que no hacía o decía, que Hannah por lo que intentaba hacer o decir.

Sin embargo, lo que verdaderamente encuentro preocupante después de ver 13 capítulos que exhiben diversas formas de bullying y acoso sexual es el hecho de que la mayoría de los espectadores, como los personajes, todavía sintamos que nada fue “suficiente” razón para incitar a un suicidio o que la acusación de una violación no está clara. Considero que este pensamiento tan cerrado habla de nuestra alta tolerancia a vivir en una sociedad acostumbrada a la violencia “bajita la mano”, a los abusos de poder y al bullying que disfrazamos como “carrilla”.

Las cosas como son. Hay que aprender a nombrar nuestros sentimientos y actos. Si sientes dolor, insatisfacción o tienes ganas incontrolables de llorar estás experimentando una profunda tristeza y cuando una persona se aprovecha sexualmente de otra sin su consentimiento explícito es una violación.

Justamente, de las problemáticas expuestas en la serie, lo que más me impactó fue la familiaridad con la que suceden los abusos sexuales y que, tal parece, aún no tenemos suficiente consciencia sobre la magnitud del problema. El peligro de ser violada no está exclusivamente en las calles, ni en el antro o en la playa, está en tu salón, en la fiesta de tu amigo, está en tu propia habitación.

Si eres mujer ¿alguna vez consideraste que el peligro puede representarlo no solo el albañil que te chifla en la calle, sino también el mirrey que se sienta a tu lado?

¿Qué hay del consentimiento? Hacer una pregunta y esperar una respuesta parece pedir demasiado. ¿Qué pasa con el pensamiento machista? Si eres hombre espero que jamás creas que una falda, un guiño o una mujer borracha es “pedir que la violes”. Si eres mujer, mantente atenta de no culparte a ti misma porque no estamos exentas de ser machistas.

Posiblemente en algún punto tú también pensaste que Hannah no debía haber usado vestido esa noche en el parque o haber ido a la cita el día de San Valentín o haberse quitado la ropa en casa de Bryce pero ¿no es ese el pensamiento más desconsolador? Pensar que Hannah debería haber dejado de vivir para poder existir.

  • Las faldas cortas no provocan una violación, la provoca el violador.
  • Caminar sola de noche no provoca una violación, la provoca el violador.
  • Coquetear no provoca una violación, la provoca el violador.
  • Emborracharse no provoca una violación, la provoca el violador.

Todos culpamos a la víctima pero ¿qué tal si la culpa la tienes tú? Ni siquiera por ser el violador, sino por ser un observador pasivo o por haber tenido la oportunidad de hacer algo para impedirlo pero decidir ignorar el problema, tal como ignoramos la mayoría de las cosas que nos incomodan. Si algo nos enseña la segunda cinta de Justin es que el problema no es solo el que comete el abuso, sino el que se queda viendo sin hacer nada.

Como hizo notar Alex en medio de uno de sus ataques de sinceridad, letreros asegurando que “el suicidio no es una opción” no van a salvar a alguien que lleva tiempo sufriendo. Hay que ver la otra cara de la moneda, quizá no es solo la víctima quien necesita atención sino los abusadores que nadie se detiene a observar. Promover un ambiente más amable, una convivencia más pacífica y una actitud menos abusiva podría ser la solución que no hemos explotado lo suficiente en todos los aspectos de nuestra vida.

Parte de mi desea una segunda temporada que de closure a cuestiones como ¿qué pasa con Alex? ¿Bryce recibe su merecido? ¿qué hará Tyler? pero la mayor parte de mí espera que estas 13 horas de lecciones de vida basadas en muerte, se vuelvan una pequeña guía para hacernos más conscientes de nuestras acciones pues espero que, a diferencia del inepto consejero estudiantil, no necesitemos una cinta 14 para que nos quede claro el mensaje.

Nunca sabes cómo dañaran tus palabras o acciones a alguien más, si bien esto no te hace responsable de sus decisiones consecuentes, si hay algo mínimo que puedas hacer (o evitar hacer) por alguien, asegúrate de que sea AHORA MISMO. No esperes para decir algo amable. No tengas miedo de actuar correctamente.

Por último, si alguna vez un amigo te busca con urgencia, atiende su llamada. No solo le respondas ese mensaje, búscalo. No le digas que todo va a estar bien, escúchalo. DE VERDAD ESCUCHALO, deja ese celular y si tu presencia es lo único que puedes darle a esa persona que grita en silencio por tu ayuda, be there. Visítalo, invítalo a salir, no lo dejes solo. La tarea, tus hobbies, la escuela, todo puede esperar menos la oportunidad de ayudar a alguien que te necesita. Lo que puede parecer un pequeño sacrifico para ti podría ser lo más significativo para la vida de alguien más. Creo que todos podemos coincidir en que es muy raro que alguien -explícitamente- pida ayuda para salvar su vida pero muchos de nosotros lo hemos hecho en alguna ocasión con pequeñas señales. Hay que darnos el tiempo de observar a nuestros seres queridos pues un solo parpadeo bastaría para perderlos.

¿Los cambios siempre son buenos?

A finales del 2016, después de una semana de mucha tensión por exámenes, entregas de proyectos y carga de trabajo; el empacar, hacer los trámites para un cambio de campus y buscar casa en otro estado resultaba una tarea mucho más pesada de lo normal. Entre tantas cosas por hacer me preguntaba si realmente valía la pena “complicarme” la vida de esa forma, cambiándola por completo…

Examiné mis opciones, entre ellas, quedarme en la ciudad en la cual había vivido los últimos 8 años, en donde había hecho grandes amistades, había permanecido por el tiempo más largo en la misma escuela, donde además recibía el apoyo constante de mi familia y tenía un ritmo de vida al cual ya me había acostumbrado. La costumbre, por otro lado, no es algo que me emocione… imaginarme comenzando un nuevo año en el mismo lugar, quejándome de las mismas cosas, me hizo darme cuenta que sobre todas las razones que pudiera encontrar para quedarme, había una que pesaba más para irme:

No podía ser de esas personas que se la viven quejándose de todo pero no cambian nada.

En los últimos meses había pasado por una extraña y desmotivadora etapa en la que no me sentía la persona optimista y positiva que siempre había sido. Había intentado cambiar mi perspectiva, mis hábitos, mis intereses, todo para ver si algo de lo que me incomoda cambiaba, sin embargo, veía que pasaba el tiempo sin que mi desalentador estado de ánimo mejorara. Por supuesto que había muchas cosas que me gustaban de mi vida en aquella ciudad, tantas que comenzar a enlistarlas resultaría tedioso de leer pues había entre ellas muchos detalles que me hacían muy feliz pero por alguna razón las grandes cosas no me emocionaban como antes lo hacían.

En esa etapa creo que era natural preguntarme ¿qué estaba mal conmigo? ¿por qué si nada en mi vida había cambiado, no me sentía tan feliz como antes?

La respuesta resultó sencilla pero no obvia para mí: yo había cambiado.

Dejemos claro que crecer es inevitable, madurar es casi obligatorio pero cambiar es inexplicable.

Hay gente que crece pero no madura y seguro todos conocemos algún Junior que es el vivo ejemplo de esto. También hay que gente que crece y nunca cambia, esa persona que sigue cometiendo los mismos errores una y otra vez, sin aprender de ellos y sin preocuparse por repetirlos. Hay gente que madura pero no cambia, aquel que tal vez ahora sea más responsable pero en el fondo tiene los mismos sentimientos que tenía hace unos años. Finalmente, hay gente que crece y cambia (normalmente para mal) y gente que crece, madura y cambia ¿eres uno de ellos?

A diferencia de crecer y madurar que comúnmente suceden en etapas muy específicas, como pasar de la niñez a la adolescencia o de la adolescencia a la adultez, cambiar llega en momentos muy distintos para cada persona o en ocasiones, no llega. Algunos podrán cambiar durante la pubertad mientras otros cambiarán después de vivir una situación difícil pero habrá gente que morirá siendo los mismos de siempre.

Es aquí cuando la trillada frase de “los cambios siempre son buenos” me resulta llamativa puesto que siempre había supuesto que se refería exclusivamente a cambios externos como teñirte el cabello, comprar ropa diferente o mudarte, pero jamás lo había concebido como algo interno, cambiar de pensamiento, cambiar tu forma de ser, cambiar tus expectativas… Y en ese caso ¿cuándo fue que yo cambié? ¿Cómo podían ser buenos los cambios si ahora me sentía tan perdida?

Eso es algo que crecer, madurar y cambiar sí tienen en común: es confuso, inesperado y a veces difícil.

Posiblemente tú, como yo, en algún momento deseaste “ser grande” pero más tarde te arrepentiste y pediste no crecer, no dejar de ser niño, posiblemente esto sucedió en la pubertad cuando las hormonas nos juegan malas pasadas pero después cuando obtuviste tu IFE (o “INE”) te volviste a sentir bien, al menos por un rato, antes de que te dieras cuenta de todas las responsabilidades que eso implicaba, ahora estabas en edad de decidir, elegir carrera, pensar en tu futuro ¡e incluso pensar en el futuro del país e ir a votar! Creciste, maduraste y quizá entre todo eso, también cambiaste. Pero cambiar no tiene síntomas específicos, pues como dije antes, no tiene etapas definidas y tampoco viene con responsabilidades precisas como las que aceptas cuando maduras.

Cambiar es subjetivo (si es válido llamarlo así) no hay una métrica definida para saber cuánto hemos cambiado, no hay nadie que lo avale, no hay siquiera una definición que explique qué entra en los límites de “cambiar”, básicamente no tiene principio ni fin.

No pretendo explicar cómo fue que yo cambié, ni cómo es que tú podrías hacerlo, puesto que muchos de los cambios que vivimos no son conscientes, nosotros no los decidimos. Podemos decidir cambiar nuestro estilo de vida, nuestras metas y hábitos pero los verdaderos cambios son los resultados de estas acciones, o de no realizarlas también, y son resultados que notaremos el día en que menos lo esperemos, quizá un día que despertemos con renovadas ganas de experimentar algo nuevo o por el contrario un día en que nos sintamos perdidos o fuera de lugar, ahí nos daremos cuenta que si todo a nuestro alrededor sigue igual, seguramente lo que habrá cambiado seamos nosotros.

¿Que si los cambios siempre son buenos? Te invito a que tú lo descubras, no sin antes advertirte que sin importar lo extraño, lo mal o lo difícil que se sienta, los cambios tampoco son definitivos y, en mi experiencia, aceptarlos vale la pena.

21

Hoy cumplo 21 años pero ni la fecha ni la edad importan, lo que importa es lo que está por venir…

He vivido casi 9 años en San Luis Potosí pero desde hace tiempo, incluso antes de entrar a Universidad, había considerado regresar a mi pueblo natal, la caótica Ciudad de México. Todos hemos leído esa frase tan cursi de Chavela Vargas que los millennials hemos restregado en redes sociales sin piedad (y sin citar porque ya nadie recuerda ni se interesa por saber quién la dijo primero):

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La frase en realidad es triste, no solo nostálgica, pero por consenso general solo se utiliza la primera parte para postearla al pie de nuestras fotos en Instagram cuando vamos de viaje.

Sin embargo, concuerdo con la frase completa y no creo que mi razón para regresar a ese lugar que tanta gente ama-odia sea solo por la nostalgia de revivir el pasado, sé que muchas cosas han cambiado (y como en otras ocasiones, el decir “cosas” engloba personas, lugares, etc…) pero no mentiré diciendo que no tengo buenas referencias de aquel pasado, uno al que no me molesta regresar.

Aunque regresar parezca retroceder, para mí significa avanzar. Sé que al volver a esa ciudad las cosas serán completamente diferentes, claramente no es lo mismo vivirla a los 11 años que a los 21, pero confío en que un nuevo comienzo siempre es bueno. Hace 9 años no estaría tan segura de eso (lloré desconsoladamente cuando me dijeron que nos mudaríamos de estado) pero hoy no me arrepiento y si pudiera decirle algo a esa niña de 11 años que lloraba en el carro mientras buscaban casas en San Luis, sería muy claro:

Deja de llorar, hay muchas más cosas esperándote en este lugar de las que puedes ver por la ventana. Estás a punto de conocer a gente increíble que marcará tu vida, harás nuevos amigos, no morirás sola en el intento, tus amigos de México no te olvidarán (tan fácilmente) y siempre podrás contar con ellos. Aprenderás lo que significa la amistad, la verdadera amistad, esa que no se afecta con el tiempo ni la distancia sino que se hace más fuerte. Te sorprenderás cuando descubras que la gente ve la vida de maneras muy diferentes, crecerás en un ambiente retador, en una sociedad muy compleja (y con muchos complejos) pero te hará madurar y ser más autocrítica. Tendrás oportunidades inigualables, descubrirás pasiones que no imaginabas que tenías, te sentirás segura de muchas cosas e insegura de muchas otras pero siempre tendrás a gente apoyándote, aconsejándote e inspirándote. Tu relación familiar se fortalecerá y agradecerás cada segundo que pasas con tus papás y tu hermanito, esperando con gusto ver al resto de la familia durante vacaciones, puentes o festejos. Te volverás muy culta, seguirás leyendo tanto como siempre y escribiendo aún más, pero además conocerás otro mundo de primera mano, buscando qué hacer encontrarás qué amar, te volverás fan de ir a museos, ver cine independiente, ir a conciertos de ópera, ir al teatro, participar en concursos creativos, organizar congresos, viajes, talleres… y todo esto te emocionará, le dará sentido al espacio y al tiempo. El cielo te enamorará y el clima te enloquecerá, apreciarás los rayos de luz por la mañana, las nubes en el cielo a veces azul, a veces rosa o naranja, apreciarás las noches por mostrarte brillantes lunas y millones de estrellas, te quejarás del calor y cuando menos te des cuenta morirás de frío. Seguirás soñando despierta.

Claro que he pensado en quedarme (¡cómo no pensarlo!) mi familia, mis amigos, mi hogar… la escuela, la rutina, los prejuicios… hay tantos pros como contras y la verdad creo que la vida en sí misma es así, la mayoría de las situaciones que enfrentamos exigen que tomemos decisiones que no siempre se pueden basar solo en la razón, a veces es necesario ponerle corazón, o quitarle sentido, sí, a veces o siempre es muy complicado decidir.

Mucha gente me ha dicho “sí, tienes que irte, perteneces allá” y no, no me están corriendo, de hecho la gente que lo ha dicho es gente que de verdad me aprecia y que yo adoro. Lo han dicho quizá porque ven lo que yo veo: oportunidades.

Considero que esta decisión de dejar un estado por otro se asemeja a las veces que vamos de compras y encontramos algo que nos encanta pero no lo compramos porque creemos que si seguimos buscando encontraremos algo aún más cercano a lo que habíamos imaginado, algo que nos ofrezca un valor agregado que aunque no sea mejor que el primero, sea el indicado para nosotros, entonces dejamos lo que vimos primero no porque no nos guste sino por la expectativa, la buena fe, la esperanza, yo que sé…

Hace un tiempo sentía que tenía todo claro, quién era, qué quería, a dónde iba… hoy debo aceptar que no me siento tan segura de saberlo todo pero que estoy dispuesta a seguir buscando, seguir aprendiendo y seguir soñado. Acepto que los cambios dan miedo pero es la clase de miedo que prefiero sentir, ese miedo que se siente en el estómago entre un hueco o miles de mariposas, el miedo que de pronto se transforma en emoción por vivir lo que está por venir.

Miércoles sanador

Miércoles, 26 de octubre

7:16

Después de apagar cinco veces mi alarma que suena 6:40, 6:45, 6:50, 6:55, 7:00 y que aún así no logra despertarme sino hasta 15 minutos después, salgo de mi cama y con los ojos entrecerrados me pongo mi par de sandalias heladas para meterme a bañar. Desbloqueo torpemente mi celular, después de luchar algunos segundos con la nueva actualización de iPhone que vuelve todo más confuso, y abro Spotify para poner mi playlist Stronger basada en varios “éxitos” que no me he cansado de escuchar (si ya odias Closer de The Chainsmokers ft. Halsey no te la recomiendo pero si estás encantado con 24k Magic de Bruno Mars entonces debes seguirla). Salgo de bañar: toalla, bata, regreso a mi cuarto, abro ventanas, crema, desodorante, perfume, ¿maquillaje?, maquillaje, reloj, pulsera, sin pulsera, botines, cambio a tenis, chamarra de piel, cambio a abrigo gris, ¿me falta algo?, “ya voooy”, bajo a desayunar.

  • ¿Qué tienes, ma?

¿Ya es muy tarde? ¿La hice enojar? Debí haber bajado antes…

  • Nos rompieron el vidrio…
  • ¿Cuál vidrio? ¿De dónde?
  • De la camioneta blanca, en la mañana que iba a llevar a tu hermano, salí y vi que le rompieron el vidrio del copiloto pero no sé ni cómo que no escuchamos en toda la noche nada.
  • No marches… ¿te conté que apenas ayer le abrieron el carro a una de mis compañeras del trabajo? ¿Qué está pasando? Está cañón.
  • Mmm… Pues sí, nos tocó la mala suerte…

“Nos tocó” como si fuera un acontecimiento natural en México, un juego al azar en vez de un delito. Parece tan natural que te toque que te roben como ir a sacar la cartilla a los 18 años y que te toque la bolita blanca o la azul. Parece que en México crecemos esperando que nos toque buena suerte, que salga la bolita negra, que no nos pase nada en el camino a casa o a la escuela, pero vivimos prevenidos de que por azares del destino es muy probable que nos toque ir a marchar. Robos, secuestros, asesinatos, todos vergonzosos acontecimientos que parecieran suceder con toda legalidad pues ya nadie se sorprende, parece ser más cuestión de tiempo que de problemática social, como si ser víctima de algo así estuviera avalado por la constitución y ni cómo hacerle, te rindes ante esa idea de que en nuestra país es una posibilidad y, a veces, más que posibilidad suena a una realidad con mayor aceptación que el derecho de expresión.

¿Qué está pasando, San Luis? Se suponía que ya habíamos progresado, por un tiempo dejamos atrás las noticias de narcos, balaceras, colgados en la glorieta Juárez y ahora, asaltaron acá, secuestraron a aquél, me rompieron el vidrio a mí.

8:40

  • Mejor pide un Uber, luego los taxis también son bien peligrosos. Bueno, aunque ya no se sabe, luego dicen que en los Ubers violan…

¿Contradecir esas vagas afirmaciones? ¿Cómo? La mitad de los noticieros parecieran estar haciéndole mala propaganda a Uber y se podría decir que la mitad de la población se ha encargado de difamar a los taxistas. Además, tomando en cuenta el hecho matutino no había argumentos suficientes para quitarle la preocupación a mi madre.

UberX porque en San Luis no hay opciones, es decir, no puedes elegir el tamaño del auto que quieres, la categoría o mucho menos programar tu viaje. AÚN no. Es importante destacar en mayúsculas esta palabra que es muy común en el léxico potosino. Aún no hay IHOP, aún no hay MixUp, aún no hay tanto tráfico, aún no hay contaminación, aún… ¿acaso en México todo es cuestión de tiempo?

  • Hubo Uber aventón en donde no te cobrábamos tarifa dinámica y estaba bien, yo les decía a todos mis clientes que lo aprovecharán pero ahora quién sabe cuándo vuelvan a ponerlo.
  • Ah, ya. No es que según yo UberX era para compartir Uber pero no, en San Luis es la única opción que te aparece.
  • Si, ahorita si pero nos avisan cuando van a meter actualizaciones y dicen que ya viene el Uber Black para que también pidan autos ejecutivos.
  • Mmm, qué bien. Me contaron que en Estados Unidos hay un Uber para la fiesta, que pides un chofer que llega en bici, maneja tu coche para llevarte a tu casa y de ahí se va en su bici.
  • Ja ja eso está padre, pues quién sabe aquí nada más hay el UberX.

Un conductor bastante amigable, un buen servicio, llegamos en 9 minutos a mi destino, me cobraron unos decentes $28 a través de la aplicación y le regalé al chofer 5 estrellas por el viaje. A diferencia de la última vez que viajé en taxi y tuve que esperar 20 minutos a que pasara por mí después de pedirlo, luego durante el recorrido mi conductor iba totalmente metido en su celular y solo a ratos levantaba la vista para manejar, lo que hizo que tardáramos más de 15 minutos en llegar, y lo peor es que su presencia descuidada me intimidaba de forma que no encontraba ni cómo pedirle que no usura el celular y que mejor se apurara. Por cierto, ese pésimo viaje en taxi me costó $50, $22 más que el mismo viaje hecho en Uber, no es publicidad ni crítica solo enlisto aquí los hechos.

9:03

La puerta de la oficina parece cerrada, me acerco y empujo, hoy estaba entrecerrada pero es muy probable que los próximos días tenga que comenzar a tocar el timbre pues normalmente se dejaba abierto todo el horario laboral por si alguien iba a hacer pagos o contratar algún servicio pero ahora “con la inseguridad” es mejor no arriesgarse y mientras no encierren a los delincuentes que andan merodeando por la oficina, abriendo carros ajenos y robando cosas, seremos nosotros los que tendremos que encerrarnos un rato.

Escucho la voz de Ale en el segundo piso, entro con calma, paso mi huella en el checador de entrada, pongo mi dedo índice derecho, una, dos veces, me rindo porque por alguna razón no lo lee y tecleo mi número para registrarme. Voy a la cocina y, como auténtica Godínez, meto los topers de comida que traigo al mini-refri que tenemos, tomo una taza para prepararme un café y estoy lista para comenzar la jornada. Subo las escaleras hasta mi asiento, el tercer escritorio al que  me mudo en la oficina, no estoy acostumbrada a quedarme en un mismo lugar, creo que después de mucho tiempo me he vuelto adicta a los cambios. Pero hay cosas que no cambian por más que me gustaría hacerlas diferente: saco el cargador de mi laptop, mouse inalámbrico, mouse-pad, cargador del celular, agenda, audífonos, una pluma, todavía siento que algo me falta. Mi disco duro. Busco mi disco duro, ese rectángulo negro aplanado con un pequeño cable USB, el disco duro con un millón de memoria que es el único que hace posible que ocupe mi laptop que ya agotó su memoria. No lo traigo. Con tanto relajo ni chequé que si lo trajera en la bolsa antes de salir de casa. Ay ¿y ahora qué? Ni modo: llamar Lucy.

  • Ma, se me olvidó mi disco duro ¿puedes checar si lo dejé en mi escritorio, por fa?
  • ¿En tu cuarto? ¿No te lo llevaste?

Ignoremos que a veces las personas hacemos preguntas muy obvias en tiempos de crisis “Perdí mi celular.” “¿Dónde lo dejaste?” Entendido, a todos nos pasa.

  • Pues creo que no, como ayer estaba haciendo tarea en la noche, a lo mejor lo deje ahí, no me acuerdo.
  • Deja checo.
  • Sí, gracias…
  • ….
  • No está ¿segura que no lo traes?
  • Si, acá ya busqué bien y no está, checa por mi tocador o en la mesa de abajo ¿no?
  • Ya lo ando buscando pero no se ve ¿no lo dejaste en otro lado?

Ssshit…

  • ¡Uy, sí! Ayer se lo presté a Ramón para que copiara unas fotos y ya no me lo regresó. Ffffu… deja le llamo, gracias. Te hablo al rato, disculpa.
  • Vale suerte, me avisas si lo tiene.
  • Sí, gracias, bye.

12:55

Los miércoles mi rutina Godínez se desarrolla en siete horas seguidas, siete horas alternando entre computadora y celular, Twitter y Facebook, Spotify e Instagram, Hootsuite y Snapchat, cocina y baño, Pinterest y Gmail, Excel y Word. Pero cabe mencionar que no es una rutina Godínez cualquiera, aunque sí hacemos lo que muchos Godínez desde pasar horas frente a una computadora hasta ir a la tiendita y preguntar si alguien quiere algo, en realidad somos, en su mayoría, un grupo de millennials con preocupaciones profesionales que combinamos con habilidad, entre que hacemos citas para cobrar, grabamos snaps, contestamos llamadas, mandamos notas de voz a los clientes y damos ideas para el próximo gran proyecto, también nos tomamos un break de vez en cuando para no dejar de lado nuestras adicciones: el cigarro, la comida o el chisme.

15:45

Finalmente, desconecto el cargador de mi laptop, guardo mi mouse, mouse-pad, cargador, cargador del celular, agenda, audífonos y por último mi laptop que ocupa el poco espacio que sobra en mi bolsa, entre el libro que siempre cargo, aunque el título varíe, y mi cartera que tiene más tickets de compras que dinero. Nota mental: Probablemente debería vaciarla ya, no quisiera dar una impresión equívoca y hacer creer que tengo más dinero que deudas. También guardo mi disco duro que no había olvidado sino que, por algún error narrativo, fue la primera cosa que desempaqué de mi bolsa por la mañana y después perdí de vista durante algunos minutos de pánico.

Bajo las escaleras, me dirijo a la cocina y, para cerrar con broche de oro mi rutina Godínez, caliento mi comida en el horno de microondas. Después bastan unos minutos para que mi amorosa madre me recoja del trabajo, claramente en un carro diferente al que dejaron sin ventana del copiloto por la mañana, pero qué suerte que hoy no es un miércoles cualquiera. Acho me espera 4:15 frente a la Casa de la Cultura, que algunos conocerán como Museo Francisco Cossío y que muchos otros no conocerán de ninguna de las dos formas, pero si no conoces a Acho probablemente no me conoces a mí, pues hace exactamente dos años que elegimos la misma carrera y desde entonces, no estoy segura si por elección o buena suerte, hemos estado juntas más de 8 horas al día, a veces más de 5 días a la semana.

Hoy es un día sanador. A pesar de todo lo que me ha pasado. El itinerario para las horas que restan del miércoles incluye un museo, una librería, una cafetería y un spa. Ah, pero también un choque y un desconocido.

Cruzando el río

Dicen que la dificultad de mudarte es que no sabes si te están extrañando o te están olvidando…

El miedo a la soledad podría parecer irracional, sin embargo, en realidad tiene fundamento y es que al llegar a un lugar nuevo en donde no conoces a nadie, es palpable el sentimiento de ser un extraño, un invasor y un auténtico desconocido para todos ahí.

Muy pronto te das cuenta que hay grupos conformados no solo con chistes locales que no entiendes sino con historia, con recuerdos que no compartes y momentos que no presenciaste. Y estando entre desconocidos que se conocen entre sí, te queda más claro que nunca que (aún) no perteneces ahí.

También estás muy consciente de que la vida en casa continua, la historia sigue corriendo, tus amigos están riéndose de cosas que no comprenderás cuando vuelvas, tus hermanos están creando memorias juntos que no compartirás cuando los veas de nuevo y tu familia tendrá recuerdos que serán ajenos a ti la próxima vez que abras el álbum familiar.

El miedo es el único que te acompaña mientras te das cuenta que estás en medio de dos lugares a los que no perteneces pues de uno te fuiste y al otro acabas de llegar. Conoces a gente que aún no te acepta por completo pero no puedes juzgarlos porque sabes que las relaciones se basan en confianza y crear un lazo así requiere tiempo.

Además tú tampoco los aceptas por completo aún, pues extrañas a tu “grupito” y las cosas que los hacían únicos. No obstante, necesitas aceptar a estos nuevos amigos, necesitas contar con alguien para “contarle a alguien” pues a veces parece que a la gente que dejaste atrás ya no le interesa lo que tengas que decir porque estás muy lejos o si se interesa no lo entiende en verdad porque no lo están viviendo y tampoco puedes culparlos pues es obvio que su vida sigue avanzando y llenándose de cosas propias que contar a alguien que se pueda relacionar.

Mientras estás lejos de casa tienes miedo de que tus amigos te olviden, te dejen de hablar o dejen de preocuparse por ti. Obviamente no quieres perder las relaciones que construiste previamente pero tampoco es sencillo conservarlas sabiendo que una relación se nutre día a día y se basa en los pequeños momentos juntos, a veces los segundos más irrelevantes son los que más impactan pero ya no estás ahí para crear, para vivir y para compartir esos momentos. Ahora solo puedes compartir palabras, algunas fotos y quizás una llamada pero no hay más para asegurar su amistad. ¿Con eso bastará?

El miedo a la soledad sigue ahí. Es como estar de pie en medio de un río tratando de estirar tus brazos hacia ambas orillas, sin querer alejarte demasiado del lado que acabas de dejar atrás pero al mismo tiempo con ganas de alcanzar el nuevo lado al que estás por cruzar. Ojalá tus brazos pudiesen ser más largos y tocar ambas orillas para sentirte seguro en medio de la corriente pero sabes que eventualmente tendrás que avanzar. Puedes retroceder o seguir adelante. Ninguna es una mala opción, ambas te llevarán a tierra firme. Quizá sea más fácil retroceder, regresar al lugar de donde viniste y que sabes que es seguro; o podrías seguir adelante, arriesgarte a descubrir un paraíso terrenal o a decepcionarte por no encontrarlo enseguida.

Tu salvación es cuando encuentras un puente. Ese puente pueden ser personas o pasiones, lugares o experiencias, ese puente incluso se puede construir si tan solo te das el tiempo necesario. Aunque normalmente tendrás que meterte a nadar primero, seguramente muy pronto verás un puente a lo lejos; una nueva persona que te acogerá como si te conociera de siempre; un viejo amigo que seguirá interesado en hablar contigo, en saber cómo estás y darte ánimos para continuar; una actividad que te llenará de energía y te motivará a mantenerte firme; un lugar que te hará sentir diferente, extraño pero feliz.

Y de pronto el miedo a la soledad se te olvidará. Te darás cuenta que estuvo ahí y que en su momento tuvo razón de estar. Que quizá algunos te dejaron de hablar, tal vez no te olvidaron y su amistad no terminó pero sin duda su relación cambió, habrá algunos desconocidos que se vuelvan conocidos aunque no sean tan cercanos pero no importará pues al menos solo nunca estarás.

El miedo se desvanecerá cuando dejes de sentirte invasor y te comportes como invitado, cuando te des cuenta que todos somos desconocidos al inicio, que una amistad no es un chiste local o una fiesta juntos sino apoyo mutuo aun sin palabras o llamadas constantes, que la familia siempre será la raíz que te dio las bases y el tronco que te da la fuerza, que ninguna persona debe pertenecer a un lugar sino a un ideal y sobre todo cuando entiendas que vivir solo no es vivir en soledad.