Miércoles sanador

Miércoles, 26 de octubre

7:16

Después de apagar cinco veces mi alarma que suena 6:40, 6:45, 6:50, 6:55, 7:00 y que aún así no logra despertarme sino hasta 15 minutos después, salgo de mi cama y con los ojos entrecerrados me pongo mi par de sandalias heladas para meterme a bañar. Desbloqueo torpemente mi celular, después de luchar algunos segundos con la nueva actualización de iPhone que vuelve todo más confuso, y abro Spotify para poner mi playlist Stronger basada en varios “éxitos” que no me he cansado de escuchar (si ya odias Closer de The Chainsmokers ft. Halsey no te la recomiendo pero si estás encantado con 24k Magic de Bruno Mars entonces debes seguirla). Salgo de bañar: toalla, bata, regreso a mi cuarto, abro ventanas, crema, desodorante, perfume, ¿maquillaje?, maquillaje, reloj, pulsera, sin pulsera, botines, cambio a tenis, chamarra de piel, cambio a abrigo gris, ¿me falta algo?, “ya voooy”, bajo a desayunar.

  • ¿Qué tienes, ma?

¿Ya es muy tarde? ¿La hice enojar? Debí haber bajado antes…

  • Nos rompieron el vidrio…
  • ¿Cuál vidrio? ¿De dónde?
  • De la camioneta blanca, en la mañana que iba a llevar a tu hermano, salí y vi que le rompieron el vidrio del copiloto pero no sé ni cómo que no escuchamos en toda la noche nada.
  • No marches… ¿te conté que apenas ayer le abrieron el carro a una de mis compañeras del trabajo? ¿Qué está pasando? Está cañón.
  • Mmm… Pues sí, nos tocó la mala suerte…

“Nos tocó” como si fuera un acontecimiento natural en México, un juego al azar en vez de un delito. Parece tan natural que te toque que te roben como ir a sacar la cartilla a los 18 años y que te toque la bolita blanca o la azul. Parece que en México crecemos esperando que nos toque buena suerte, que salga la bolita negra, que no nos pase nada en el camino a casa o a la escuela, pero vivimos prevenidos de que por azares del destino es muy probable que nos toque ir a marchar. Robos, secuestros, asesinatos, todos vergonzosos acontecimientos que parecieran suceder con toda legalidad pues ya nadie se sorprende, parece ser más cuestión de tiempo que de problemática social, como si ser víctima de algo así estuviera avalado por la constitución y ni cómo hacerle, te rindes ante esa idea de que en nuestra país es una posibilidad y, a veces, más que posibilidad suena a una realidad con mayor aceptación que el derecho de expresión.

¿Qué está pasando, San Luis? Se suponía que ya habíamos progresado, por un tiempo dejamos atrás las noticias de narcos, balaceras, colgados en la glorieta Juárez y ahora, asaltaron acá, secuestraron a aquél, me rompieron el vidrio a mí.

8:40

  • Mejor pide un Uber, luego los taxis también son bien peligrosos. Bueno, aunque ya no se sabe, luego dicen que en los Ubers violan…

¿Contradecir esas vagas afirmaciones? ¿Cómo? La mitad de los noticieros parecieran estar haciéndole mala propaganda a Uber y se podría decir que la mitad de la población se ha encargado de difamar a los taxistas. Además, tomando en cuenta el hecho matutino no había argumentos suficientes para quitarle la preocupación a mi madre.

UberX porque en San Luis no hay opciones, es decir, no puedes elegir el tamaño del auto que quieres, la categoría o mucho menos programar tu viaje. AÚN no. Es importante destacar en mayúsculas esta palabra que es muy común en el léxico potosino. Aún no hay IHOP, aún no hay MixUp, aún no hay tanto tráfico, aún no hay contaminación, aún… ¿acaso en México todo es cuestión de tiempo?

  • Hubo Uber aventón en donde no te cobrábamos tarifa dinámica y estaba bien, yo les decía a todos mis clientes que lo aprovecharán pero ahora quién sabe cuándo vuelvan a ponerlo.
  • Ah, ya. No es que según yo UberX era para compartir Uber pero no, en San Luis es la única opción que te aparece.
  • Si, ahorita si pero nos avisan cuando van a meter actualizaciones y dicen que ya viene el Uber Black para que también pidan autos ejecutivos.
  • Mmm, qué bien. Me contaron que en Estados Unidos hay un Uber para la fiesta, que pides un chofer que llega en bici, maneja tu coche para llevarte a tu casa y de ahí se va en su bici.
  • Ja ja eso está padre, pues quién sabe aquí nada más hay el UberX.

Un conductor bastante amigable, un buen servicio, llegamos en 9 minutos a mi destino, me cobraron unos decentes $28 a través de la aplicación y le regalé al chofer 5 estrellas por el viaje. A diferencia de la última vez que viajé en taxi y tuve que esperar 20 minutos a que pasara por mí después de pedirlo, luego durante el recorrido mi conductor iba totalmente metido en su celular y solo a ratos levantaba la vista para manejar, lo que hizo que tardáramos más de 15 minutos en llegar, y lo peor es que su presencia descuidada me intimidaba de forma que no encontraba ni cómo pedirle que no usura el celular y que mejor se apurara. Por cierto, ese pésimo viaje en taxi me costó $50, $22 más que el mismo viaje hecho en Uber, no es publicidad ni crítica solo enlisto aquí los hechos.

9:03

La puerta de la oficina parece cerrada, me acerco y empujo, hoy estaba entrecerrada pero es muy probable que los próximos días tenga que comenzar a tocar el timbre pues normalmente se dejaba abierto todo el horario laboral por si alguien iba a hacer pagos o contratar algún servicio pero ahora “con la inseguridad” es mejor no arriesgarse y mientras no encierren a los delincuentes que andan merodeando por la oficina, abriendo carros ajenos y robando cosas, seremos nosotros los que tendremos que encerrarnos un rato.

Escucho la voz de Ale en el segundo piso, entro con calma, paso mi huella en el checador de entrada, pongo mi dedo índice derecho, una, dos veces, me rindo porque por alguna razón no lo lee y tecleo mi número para registrarme. Voy a la cocina y, como auténtica Godínez, meto los topers de comida que traigo al mini-refri que tenemos, tomo una taza para prepararme un café y estoy lista para comenzar la jornada. Subo las escaleras hasta mi asiento, el tercer escritorio al que  me mudo en la oficina, no estoy acostumbrada a quedarme en un mismo lugar, creo que después de mucho tiempo me he vuelto adicta a los cambios. Pero hay cosas que no cambian por más que me gustaría hacerlas diferente: saco el cargador de mi laptop, mouse inalámbrico, mouse-pad, cargador del celular, agenda, audífonos, una pluma, todavía siento que algo me falta. Mi disco duro. Busco mi disco duro, ese rectángulo negro aplanado con un pequeño cable USB, el disco duro con un millón de memoria que es el único que hace posible que ocupe mi laptop que ya agotó su memoria. No lo traigo. Con tanto relajo ni chequé que si lo trajera en la bolsa antes de salir de casa. Ay ¿y ahora qué? Ni modo: llamar Lucy.

  • Ma, se me olvidó mi disco duro ¿puedes checar si lo dejé en mi escritorio, por fa?
  • ¿En tu cuarto? ¿No te lo llevaste?

Ignoremos que a veces las personas hacemos preguntas muy obvias en tiempos de crisis “Perdí mi celular.” “¿Dónde lo dejaste?” Entendido, a todos nos pasa.

  • Pues creo que no, como ayer estaba haciendo tarea en la noche, a lo mejor lo deje ahí, no me acuerdo.
  • Deja checo.
  • Sí, gracias…
  • ….
  • No está ¿segura que no lo traes?
  • Si, acá ya busqué bien y no está, checa por mi tocador o en la mesa de abajo ¿no?
  • Ya lo ando buscando pero no se ve ¿no lo dejaste en otro lado?

Ssshit…

  • ¡Uy, sí! Ayer se lo presté a Ramón para que copiara unas fotos y ya no me lo regresó. Ffffu… deja le llamo, gracias. Te hablo al rato, disculpa.
  • Vale suerte, me avisas si lo tiene.
  • Sí, gracias, bye.

12:55

Los miércoles mi rutina Godínez se desarrolla en siete horas seguidas, siete horas alternando entre computadora y celular, Twitter y Facebook, Spotify e Instagram, Hootsuite y Snapchat, cocina y baño, Pinterest y Gmail, Excel y Word. Pero cabe mencionar que no es una rutina Godínez cualquiera, aunque sí hacemos lo que muchos Godínez desde pasar horas frente a una computadora hasta ir a la tiendita y preguntar si alguien quiere algo, en realidad somos, en su mayoría, un grupo de millennials con preocupaciones profesionales que combinamos con habilidad, entre que hacemos citas para cobrar, grabamos snaps, contestamos llamadas, mandamos notas de voz a los clientes y damos ideas para el próximo gran proyecto, también nos tomamos un break de vez en cuando para no dejar de lado nuestras adicciones: el cigarro, la comida o el chisme.

15:45

Finalmente, desconecto el cargador de mi laptop, guardo mi mouse, mouse-pad, cargador, cargador del celular, agenda, audífonos y por último mi laptop que ocupa el poco espacio que sobra en mi bolsa, entre el libro que siempre cargo, aunque el título varíe, y mi cartera que tiene más tickets de compras que dinero. Nota mental: Probablemente debería vaciarla ya, no quisiera dar una impresión equívoca y hacer creer que tengo más dinero que deudas. También guardo mi disco duro que no había olvidado sino que, por algún error narrativo, fue la primera cosa que desempaqué de mi bolsa por la mañana y después perdí de vista durante algunos minutos de pánico.

Bajo las escaleras, me dirijo a la cocina y, para cerrar con broche de oro mi rutina Godínez, caliento mi comida en el horno de microondas. Después bastan unos minutos para que mi amorosa madre me recoja del trabajo, claramente en un carro diferente al que dejaron sin ventana del copiloto por la mañana, pero qué suerte que hoy no es un miércoles cualquiera. Acho me espera 4:15 frente a la Casa de la Cultura, que algunos conocerán como Museo Francisco Cossío y que muchos otros no conocerán de ninguna de las dos formas, pero si no conoces a Acho probablemente no me conoces a mí, pues hace exactamente dos años que elegimos la misma carrera y desde entonces, no estoy segura si por elección o buena suerte, hemos estado juntas más de 8 horas al día, a veces más de 5 días a la semana.

Hoy es un día sanador. A pesar de todo lo que me ha pasado. El itinerario para las horas que restan del miércoles incluye un museo, una librería, una cafetería y un spa. Ah, pero también un choque y un desconocido.

Vivir al límite.

Son las 11:19 y tengo hasta las 12:00 para enviar un trabajo final pero aun tengo algo de tiempo para escribir este post así que voy a comenzar.

Este es mi tipo de situación ideal para “motivarme” a terminar un proyecto. ¿Está muy mal? ¿No es normal?

La adrenalina que sientes al estar escribiendo, leyendo o haciendo una tarea en los últimos minutos, sin saber con certeza si lograrás terminar a tiempo pero poniendo toda tu energía en dar ese “último estirón”, hacer tu mejor esfuerzo y entregarlo en punto, es INIGUALABLE.

Utilizo ese adjetivo deliberadamente porque no describe si es bueno o malo, simplemente es. No hay experiencia similar a sentir la presión de estar tan cerca del límite, tan cerca del éxito y sin haber hecho un gran esfuerzo. Probablemente lo podríamos comparar a estar a un paso de la meta cuando vas primero en la carrera mientras en tu mente piensas “¡wow, ni siquiera entrené para esto y lo estoy logrando, ya voy a terminar!” lo más mágico es el resultado…

A las 11:59 lo adjuntas, envías y ves el reloj cambiar a 12:00 mientras suspiras… logro desbloqueado. Lo lograste y esa presión que sufriste los últimos 20 minutos, valió la pena porque te hizo dar tu máximo para alcanzar esa meta.

Admiro a la gente que comienza sus deberes a tiempo. La admiro, de verdad, pero no la entiendo. Lo he intentado, enserio, lo he intentado más de una vez. Me encargan una tarea, llego a casa, enciendo la computadora, lista para trabajar y con mucho tiempo libre para hacerlo… Tiempo libre… Honestamente, no pasa muy seguido que tengamos tiempo libre, o al menos en mi mente así lo creo, tener tiempo libre es un regalo del cielo que sería muy mal aprovechado en hacer algo que no nos hace intensamente felices (aunque sea momentáneamente) entonces llega la distracción, veré esto, escucharé aquello, mejor leeré algo más, una película no estaría mal… y muy pronto todo está perdido. Pero al final del día no me arrepiento, me siento bien por haber “vivido en el ahora” y haber disfrutado. “Ya habrá tiempo de sobra para hacer las tareas después” pienso entonces. Aunque en realidad nunca lo hay. Comúnmente solo me queda el “tiempo justo” para hacer lo que debería (está claro que para mí es debatible si es un deber) lo que podría haber hecho antes.

Esto es vivir al límite en mi mundo (sí, en mi nivel badass-nerd) no estoy escalando montañas ni saltando de La Quebrada, simplemente estoy haciendo mis tareas justo antes de entregarlas y terminando proyectos justo en el tiempo límite pero sigo creyendo que todos necesitamos de esta -estúpida- adrenalina que sin importar de donde venga nos proporciona el sentimiento sin-sentido de que nuestra vida no es una estricta rutina, de que no todo está destinado sino que podemos hacer cambios “bruscos” al último minuto y sobrevivir a eso. Es arriesgarte, es apostar por ti mismo, que eres mejor (o quizá peor) de lo que piensan y que, sin duda, puedes vencer cualquier límite.

En lo personal, no me queda duda de que todos, en menor o mayor medida, todos estamos haciendo algo que nos hace sentir como si viviéramos al límite y aunque muchas veces ese “algo” es por demás estúpido, nadie nos quita la inigualable satisfacción de haber tenido una experiencia inesperadamente buena a partir de algo probablemente malo.

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