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Hoy cumplo 21 años pero ni la fecha ni la edad importan, lo que importa es lo que está por venir…

He vivido casi 9 años en San Luis Potosí pero desde hace tiempo, incluso antes de entrar a Universidad, había considerado regresar a mi pueblo natal, la caótica Ciudad de México. Todos hemos leído esa frase tan cursi de Chavela Vargas que los millennials hemos restregado en redes sociales sin piedad (y sin citar porque ya nadie recuerda ni se interesa por saber quién la dijo primero):

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La frase en realidad es triste, no solo nostálgica, pero por consenso general solo se utiliza la primera parte para postearla al pie de nuestras fotos en Instagram cuando vamos de viaje.

Sin embargo, concuerdo con la frase completa y no creo que mi razón para regresar a ese lugar que tanta gente ama-odia sea solo por la nostalgia de revivir el pasado, sé que muchas cosas han cambiado (y como en otras ocasiones, el decir “cosas” engloba personas, lugares, etc…) pero no mentiré diciendo que no tengo buenas referencias de aquel pasado, uno al que no me molesta regresar.

Aunque regresar parezca retroceder, para mí significa avanzar. Sé que al volver a esa ciudad las cosas serán completamente diferentes, claramente no es lo mismo vivirla a los 11 años que a los 21, pero confío en que un nuevo comienzo siempre es bueno. Hace 9 años no estaría tan segura de eso (lloré desconsoladamente cuando me dijeron que nos mudaríamos de estado) pero hoy no me arrepiento y si pudiera decirle algo a esa niña de 11 años que lloraba en el carro mientras buscaban casas en San Luis, sería muy claro:

Deja de llorar, hay muchas más cosas esperándote en este lugar de las que puedes ver por la ventana. Estás a punto de conocer a gente increíble que marcará tu vida, harás nuevos amigos, no morirás sola en el intento, tus amigos de México no te olvidarán (tan fácilmente) y siempre podrás contar con ellos. Aprenderás lo que significa la amistad, la verdadera amistad, esa que no se afecta con el tiempo ni la distancia sino que se hace más fuerte. Te sorprenderás cuando descubras que la gente ve la vida de maneras muy diferentes, crecerás en un ambiente retador, en una sociedad muy compleja (y con muchos complejos) pero te hará madurar y ser más autocrítica. Tendrás oportunidades inigualables, descubrirás pasiones que no imaginabas que tenías, te sentirás segura de muchas cosas e insegura de muchas otras pero siempre tendrás a gente apoyándote, aconsejándote e inspirándote. Tu relación familiar se fortalecerá y agradecerás cada segundo que pasas con tus papás y tu hermanito, esperando con gusto ver al resto de la familia durante vacaciones, puentes o festejos. Te volverás muy culta, seguirás leyendo tanto como siempre y escribiendo aún más, pero además conocerás otro mundo de primera mano, buscando qué hacer encontrarás qué amar, te volverás fan de ir a museos, ver cine independiente, ir a conciertos de ópera, ir al teatro, participar en concursos creativos, organizar congresos, viajes, talleres… y todo esto te emocionará, le dará sentido al espacio y al tiempo. El cielo te enamorará y el clima te enloquecerá, apreciarás los rayos de luz por la mañana, las nubes en el cielo a veces azul, a veces rosa o naranja, apreciarás las noches por mostrarte brillantes lunas y millones de estrellas, te quejarás del calor y cuando menos te des cuenta morirás de frío. Seguirás soñando despierta.

Claro que he pensado en quedarme (¡cómo no pensarlo!) mi familia, mis amigos, mi hogar… la escuela, la rutina, los prejuicios… hay tantos pros como contras y la verdad creo que la vida en sí misma es así, la mayoría de las situaciones que enfrentamos exigen que tomemos decisiones que no siempre se pueden basar solo en la razón, a veces es necesario ponerle corazón, o quitarle sentido, sí, a veces o siempre es muy complicado decidir.

Mucha gente me ha dicho “sí, tienes que irte, perteneces allá” y no, no me están corriendo, de hecho la gente que lo ha dicho es gente que de verdad me aprecia y que yo adoro. Lo han dicho quizá porque ven lo que yo veo: oportunidades.

Considero que esta decisión de dejar un estado por otro se asemeja a las veces que vamos de compras y encontramos algo que nos encanta pero no lo compramos porque creemos que si seguimos buscando encontraremos algo aún más cercano a lo que habíamos imaginado, algo que nos ofrezca un valor agregado que aunque no sea mejor que el primero, sea el indicado para nosotros, entonces dejamos lo que vimos primero no porque no nos guste sino por la expectativa, la buena fe, la esperanza, yo que sé…

Hace un tiempo sentía que tenía todo claro, quién era, qué quería, a dónde iba… hoy debo aceptar que no me siento tan segura de saberlo todo pero que estoy dispuesta a seguir buscando, seguir aprendiendo y seguir soñado. Acepto que los cambios dan miedo pero es la clase de miedo que prefiero sentir, ese miedo que se siente en el estómago entre un hueco o miles de mariposas, el miedo que de pronto se transforma en emoción por vivir lo que está por venir.

Vivir al límite.

Son las 11:19 y tengo hasta las 12:00 para enviar un trabajo final pero aun tengo algo de tiempo para escribir este post así que voy a comenzar.

Este es mi tipo de situación ideal para “motivarme” a terminar un proyecto. ¿Está muy mal? ¿No es normal?

La adrenalina que sientes al estar escribiendo, leyendo o haciendo una tarea en los últimos minutos, sin saber con certeza si lograrás terminar a tiempo pero poniendo toda tu energía en dar ese “último estirón”, hacer tu mejor esfuerzo y entregarlo en punto, es INIGUALABLE.

Utilizo ese adjetivo deliberadamente porque no describe si es bueno o malo, simplemente es. No hay experiencia similar a sentir la presión de estar tan cerca del límite, tan cerca del éxito y sin haber hecho un gran esfuerzo. Probablemente lo podríamos comparar a estar a un paso de la meta cuando vas primero en la carrera mientras en tu mente piensas “¡wow, ni siquiera entrené para esto y lo estoy logrando, ya voy a terminar!” lo más mágico es el resultado…

A las 11:59 lo adjuntas, envías y ves el reloj cambiar a 12:00 mientras suspiras… logro desbloqueado. Lo lograste y esa presión que sufriste los últimos 20 minutos, valió la pena porque te hizo dar tu máximo para alcanzar esa meta.

Admiro a la gente que comienza sus deberes a tiempo. La admiro, de verdad, pero no la entiendo. Lo he intentado, enserio, lo he intentado más de una vez. Me encargan una tarea, llego a casa, enciendo la computadora, lista para trabajar y con mucho tiempo libre para hacerlo… Tiempo libre… Honestamente, no pasa muy seguido que tengamos tiempo libre, o al menos en mi mente así lo creo, tener tiempo libre es un regalo del cielo que sería muy mal aprovechado en hacer algo que no nos hace intensamente felices (aunque sea momentáneamente) entonces llega la distracción, veré esto, escucharé aquello, mejor leeré algo más, una película no estaría mal… y muy pronto todo está perdido. Pero al final del día no me arrepiento, me siento bien por haber “vivido en el ahora” y haber disfrutado. “Ya habrá tiempo de sobra para hacer las tareas después” pienso entonces. Aunque en realidad nunca lo hay. Comúnmente solo me queda el “tiempo justo” para hacer lo que debería (está claro que para mí es debatible si es un deber) lo que podría haber hecho antes.

Esto es vivir al límite en mi mundo (sí, en mi nivel badass-nerd) no estoy escalando montañas ni saltando de La Quebrada, simplemente estoy haciendo mis tareas justo antes de entregarlas y terminando proyectos justo en el tiempo límite pero sigo creyendo que todos necesitamos de esta -estúpida- adrenalina que sin importar de donde venga nos proporciona el sentimiento sin-sentido de que nuestra vida no es una estricta rutina, de que no todo está destinado sino que podemos hacer cambios “bruscos” al último minuto y sobrevivir a eso. Es arriesgarte, es apostar por ti mismo, que eres mejor (o quizá peor) de lo que piensan y que, sin duda, puedes vencer cualquier límite.

En lo personal, no me queda duda de que todos, en menor o mayor medida, todos estamos haciendo algo que nos hace sentir como si viviéramos al límite y aunque muchas veces ese “algo” es por demás estúpido, nadie nos quita la inigualable satisfacción de haber tenido una experiencia inesperadamente buena a partir de algo probablemente malo.

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