¿Los cambios siempre son buenos?

A finales del 2016, después de una semana de mucha tensión por exámenes, entregas de proyectos y carga de trabajo; el empacar, hacer los trámites para un cambio de campus y buscar casa en otro estado resultaba una tarea mucho más pesada de lo normal. Entre tantas cosas por hacer me preguntaba si realmente valía la pena “complicarme” la vida de esa forma, cambiándola por completo…

Examiné mis opciones, entre ellas, quedarme en la ciudad en la cual había vivido los últimos 8 años, en donde había hecho grandes amistades, había permanecido por el tiempo más largo en la misma escuela, donde además recibía el apoyo constante de mi familia y tenía un ritmo de vida al cual ya me había acostumbrado. La costumbre, por otro lado, no es algo que me emocione… imaginarme comenzando un nuevo año en el mismo lugar, quejándome de las mismas cosas, me hizo darme cuenta que sobre todas las razones que pudiera encontrar para quedarme, había una que pesaba más para irme:

No podía ser de esas personas que se la viven quejándose de todo pero no cambian nada.

En los últimos meses había pasado por una extraña y desmotivadora etapa en la que no me sentía la persona optimista y positiva que siempre había sido. Había intentado cambiar mi perspectiva, mis hábitos, mis intereses, todo para ver si algo de lo que me incomoda cambiaba, sin embargo, veía que pasaba el tiempo sin que mi desalentador estado de ánimo mejorara. Por supuesto que había muchas cosas que me gustaban de mi vida en aquella ciudad, tantas que comenzar a enlistarlas resultaría tedioso de leer pues había entre ellas muchos detalles que me hacían muy feliz pero por alguna razón las grandes cosas no me emocionaban como antes lo hacían.

En esa etapa creo que era natural preguntarme ¿qué estaba mal conmigo? ¿por qué si nada en mi vida había cambiado, no me sentía tan feliz como antes?

La respuesta resultó sencilla pero no obvia para mí: yo había cambiado.

Dejemos claro que crecer es inevitable, madurar es casi obligatorio pero cambiar es inexplicable.

Hay gente que crece pero no madura y seguro todos conocemos algún Junior que es el vivo ejemplo de esto. También hay que gente que crece y nunca cambia, esa persona que sigue cometiendo los mismos errores una y otra vez, sin aprender de ellos y sin preocuparse por repetirlos. Hay gente que madura pero no cambia, aquel que tal vez ahora sea más responsable pero en el fondo tiene los mismos sentimientos que tenía hace unos años. Finalmente, hay gente que crece y cambia (normalmente para mal) y gente que crece, madura y cambia ¿eres uno de ellos?

A diferencia de crecer y madurar que comúnmente suceden en etapas muy específicas, como pasar de la niñez a la adolescencia o de la adolescencia a la adultez, cambiar llega en momentos muy distintos para cada persona o en ocasiones, no llega. Algunos podrán cambiar durante la pubertad mientras otros cambiarán después de vivir una situación difícil pero habrá gente que morirá siendo los mismos de siempre.

Es aquí cuando la trillada frase de “los cambios siempre son buenos” me resulta llamativa puesto que siempre había supuesto que se refería exclusivamente a cambios externos como teñirte el cabello, comprar ropa diferente o mudarte, pero jamás lo había concebido como algo interno, cambiar de pensamiento, cambiar tu forma de ser, cambiar tus expectativas… Y en ese caso ¿cuándo fue que yo cambié? ¿Cómo podían ser buenos los cambios si ahora me sentía tan perdida?

Eso es algo que crecer, madurar y cambiar sí tienen en común: es confuso, inesperado y a veces difícil.

Posiblemente tú, como yo, en algún momento deseaste “ser grande” pero más tarde te arrepentiste y pediste no crecer, no dejar de ser niño, posiblemente esto sucedió en la pubertad cuando las hormonas nos juegan malas pasadas pero después cuando obtuviste tu IFE (o “INE”) te volviste a sentir bien, al menos por un rato, antes de que te dieras cuenta de todas las responsabilidades que eso implicaba, ahora estabas en edad de decidir, elegir carrera, pensar en tu futuro ¡e incluso pensar en el futuro del país e ir a votar! Creciste, maduraste y quizá entre todo eso, también cambiaste. Pero cambiar no tiene síntomas específicos, pues como dije antes, no tiene etapas definidas y tampoco viene con responsabilidades precisas como las que aceptas cuando maduras.

Cambiar es subjetivo (si es válido llamarlo así) no hay una métrica definida para saber cuánto hemos cambiado, no hay nadie que lo avale, no hay siquiera una definición que explique qué entra en los límites de “cambiar”, básicamente no tiene principio ni fin.

No pretendo explicar cómo fue que yo cambié, ni cómo es que tú podrías hacerlo, puesto que muchos de los cambios que vivimos no son conscientes, nosotros no los decidimos. Podemos decidir cambiar nuestro estilo de vida, nuestras metas y hábitos pero los verdaderos cambios son los resultados de estas acciones, o de no realizarlas también, y son resultados que notaremos el día en que menos lo esperemos, quizá un día que despertemos con renovadas ganas de experimentar algo nuevo o por el contrario un día en que nos sintamos perdidos o fuera de lugar, ahí nos daremos cuenta que si todo a nuestro alrededor sigue igual, seguramente lo que habrá cambiado seamos nosotros.

¿Que si los cambios siempre son buenos? Te invito a que tú lo descubras, no sin antes advertirte que sin importar lo extraño, lo mal o lo difícil que se sienta, los cambios tampoco son definitivos y, en mi experiencia, aceptarlos vale la pena.